LA PISADA EN EL PEÑASCO
Mi abuelo decía, con esa certeza que dan los años mirando el horizonte, que cuando los perros aullaban sin luna llena, no era al viento ni a la muerte a quien llamaban. Era una advertencia peluda y estremecida: el diablo andaba cerca. No siempre se lo veía con forma de hombre; a veces era un remolino repentino, un remolino de viento de esos que nacen en los secales del verano, levantando una polvareda cegadora y feroz que revolvía los tendederos, arrancaba tejas sueltas y bailaba por las laderas con una energía maliciosa, buscando a quién jugarle una mala pasada, quebrar una rama frutal o espantar al caballo más tranquilo. Cerca de mi casa, en la falda del cerro que vigilaba el valle, hay un gran peñasco gris bajo la sombra eterna de un hualle centenario. Y en la base plana de esa roca, como sellada en la misma piedra, una pisada. No era una erosión cualquiera; era la forma nítida, profundamente marcada, de un zapato de huaso, un pie izquierdo, para ser exactos, con el tacón y la suela...



