LA HEBRA QUE ENREDA AL ORGULLOSO

 



En los días en que el mundo aún era joven y las estaciones aprendían a turnarse con dulzura, el Creador no era un ser distante en un trono de nubes, sino un artesano infatigable que caminaba entre su obra. Lo podías encontrar en cualquier rincón, dando forma a un valle aquí, puliendo el canto de un río allá, o, como en esta ocasión, sentado a la sombra de un majestuoso roble anciano, en un prado donde las flores susurraban.

Ese día, estaba cocinando. No un guiso, sino una prenda. Entre sus dedos, una aguja de espina de ceibo brillaba con luz propia, y un hilo fino como el rocío tejía puntadas en lo que parecía ser un manto hecho de atardeceres verdes y sombras azules. Trabajaba con una calma profunda, absoluta, cada movimiento un verso en un poema de paciencia.

Fue entonces que el diablo, siempre al acecho con una presunción única, a la altura de su figura, se materializó detras de él, sigiloso, observando todo pero sin delatar su presencia. Había cambiado su traje de carbón por uno del color del polvo del camino, pero sus ojos aún chispeaban con fuego subterráneo. Observó un buen rato, impaciente, el lento y metódico vaivén de la aguja.

"¡Bah!" exclamó al fin, incapaz de contener su desdén. "A este paso, te tardarás la eternidad entera en terminar lo que haces. El mundo se habrá vuelto viejo y gris para cuando des la última puntada."

El Creador no alzó la vista, pero una sonrisa se insinuó en sus labios. Su voz fue suave como el viento entre el heno contestando; "Lo que merece hacerse, merece hacerse bien. Cada puntada lleva la atención necesaria, el respeto por el material y la intención del conjunto. La prisa es la madre de la costura torcida."

El diablo soltó una risotada. "¡Atento! ¡Respetuoso! Eso es lo que dice quien no tiene destreza. Si yo lo hiciera, ya hubiese estado listo ayer. Mi habilidad no necesita de tanta contemplación."

El Creador por fin levantó la mirada, y en sus ojos había un brillo de divertido desafío. "¿De veras? Entonces demostrémoslo. Elijamos una tarea de costura, simple en apariencia. Confeccionemos algo para medir no la velocidad bruta, sino la verdadera habilidad: la que produce obra firme, duradera y sin errores. ¿Aceptas?"

Ardía la vanidad en el pecho del diablo. Aquí estaba mi chance de humillar al propio Creador en algo minúsculo, demostrando que la eficiencia del ingenio superaba a la lenta perfección. "¡Acepto!" dijo, frotándose las manos. "¿Qué coseremos?"

Ante ellos, como surgida del acuerdo, aparecieron dos bastidores idénticos con una tela del color de la luna nueva, y dos madejas de hilo blanco, tan blanco como la nieve en la cima de las montañas.

El diablo, astuto, sonrió para sus adentros. Ah, el truco está en la continuidad, pensó. Si tomo una hebra de hilo larguísima, casi interminable, no tendré que detenerme a cada rato a enhebrar la aguja de nuevo. Perder segundos preciosos en ese gesto tonto. Mi aguja volará sobre la tela sin pausa, mientras él se entretendrá enhebrando su aguja una y otra vez. ¡Ganaré por una legua!

Y así lo hizo. Con un gesto teatral, desenredó una hebra descomunal de su madeja, una línea blanca que se extendía varios pasos a su alrededor, como la estela de un cometa. Enhebró su aguja de hueso negro y se preparó.

El Creador, en cambio, cortó con cuidado un tramo de hilo de longitud moderada, apenas un poco más largo que su brazo extendido. Lo enhebró en su aguja de espina y anudó el extremo con un nudo que parecía una semilla diminuta. Comenzó su labor, lenta, segura, cada puntada un latido perfecto.

"¡Comencemos!" gritó el diablo, y su aguja partió como un relámpago. Zas, zas, zas! Las primeras puntadas fueron rápidas, largas, arrogantes. Pero al dar la cuarta puntada, algo ocurrió. La desmesurada hebra de hilo, al serpentear por el suelo y enredarse en sus propios tobillos, en las patas del bastidor, en un tallo de hierba, formó un nudo repentino y perverso. La aguja, tironeada desde atrás, se detuvo en seco.

"¿Qué...?" murmuró el diablo, tirando con impaciencia. El nudo, lejos de soltarse, se apretó más, convirtiéndose en un enredo intrincado y ceñido. Frustrado, dejó el bastidor y se agachó, sus dedos ágiles luchando contra la maraña blanca. Pero por cada nudo que deshacía, otros dos parecían nacer de la nada, retorciéndose como vivientes. Maldiciendo entre dientes, se dedicó por completo a desenredar el hilo, olvidándose por completo de coser.

Mientras tanto, el Creador seguía su ritmo constante. Al terminar su hebra manejable, detenía un instante, anudaba con calma, cortaba otra longitud perfecta y volvía a enhebrar. Su progreso era imperturbable, una línea de puntadas parejas y fuertes que crecía en la tela como una hilera de trigo en un campo bien sembrado.

El sol viajó por el cielo. El diablo, sudoroso y con los dedos entumecidos, aún luchaba con su rebelde hebra, que ahora parecía una telaraña de locos enredada a su alrededor. La tela en su bastidor estaba casi vacía, salvo por tres puntadas torcidas y desafiantes.

Al caer la tarde, el Creador dio su última puntada, anudó el hilo por última vez y cortó el sobrante con un gesto limpio. Lo que había en su bastidor era una figura sencilla pero impecable: la silueta de un cordero recostado, cada línea llena de paz y firmeza.

El diablo, vencido y lleno de rabia, finalmente cortó su hebra interminable con un gruñido, dejando el enredo como un testamento de su fracaso.

"La prisa," dijo el Creador suavemente, recogiendo sus herramientas, "es un hilo que siempre se enreda consigo mismo. La atención, en cambio, es la medida justa que evita los nudos del error."

Desde ese día, en todos los telares y costureros del mundo, se conoce el peligro de la arrogancia. Una hebra de hilo demasiado larga se enreda, se enmaraña y se vuelve ingobernable. Por eso, las abuelas y las costureras sabias, cuando ven a un aprendiz cortar una hebra desmedida, advierten con una sonrisa que contiene siglos de sabiduría: "Cuidado, no uses la hebra del diablo. Corta la justa, y cose con alma". Porque una labor hecha con paciencia y medida siempre lleva la firma de lo perdurable, mientras que la obra del apuro y la soberbia queda para siempre… deshecha.





Guido Berly

Relato recogido al calor de un fogón.


Comentarios

  1. Sabiduría infinita,,,LA PACIENCIA TODO LO Alcanza,excelente berly 🙏

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  2. La prisa siempre se enreda consigo misma, la consciencia ,en cambio,cose sin error y la tela queda terminada ,no por exceso sino por medida este relato está cargado de una sabiduría muy profunda .me encanto gracias Guido .

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