LA PISADA EN EL PEÑASCO
Mi abuelo decía, con esa certeza que dan los años mirando el horizonte, que cuando los perros aullaban sin luna llena, no era al viento ni a la muerte a quien llamaban. Era una advertencia peluda y estremecida: el diablo andaba cerca. No siempre se lo veía con forma de hombre; a veces era un remolino repentino, un remolino de viento de esos que nacen en los secales del verano, levantando una polvareda cegadora y feroz que revolvía los tendederos, arrancaba tejas sueltas y bailaba por las laderas con una energía maliciosa, buscando a quién jugarle una mala pasada, quebrar una rama frutal o espantar al caballo más tranquilo.
Cerca de mi casa, en la falda del cerro que vigilaba el valle, hay un gran peñasco gris bajo la sombra eterna de un hualle centenario. Y en la base plana de esa roca, como sellada en la misma piedra, una pisada. No era una erosión cualquiera; era la forma nítida, profundamente marcada, de un zapato de huaso, un pie izquierdo, para ser exactos, con el tacón y la suela tan claros que parecía que alguien hubiese pisado barro suave que luego se petrificó. Esa, decía mi abuelo con un gesto solemne, era la Pisada del Diablo. Y tenía su historia, nacida en una de esas noches de junta y comunidad.
En los tiempos donde no existian conservadoras de carne, solo se podia salar o sancochar para conservarlas por mas tiempo. Cuando se mataba un chancho muy grande, la carne era una bendición y un problema. Para no desperdiciarla y poder reunir unas monedas extra, se organizaban rifas de costillar en alguna casa. Eran verdaderas tertulias. Los hombres llegaban después de la faena, las mujeres preparaban pan amasado y pebre, y se sacaban los cántaros de chicha casera y los damajuanas de vino pipeño. La conversación, la música de una guitarra tímida y el vapor de una tetera sobre el brasero acompañaban la tertulia. Y, como era costumbre, no podia faltar el juego de cartas. No un juego cualquiera, sino “Al monte” un juego con naipes españoles, ese de las “cantadas” y las apuestas rápidas. Los viejos siempre susurraban, entre bromas y verdades, que ese juego en particular, con su mezcla de suerte y dinero que cambiaba de manos, llamaba al diablo. Era como una campana invisible que él podía oír desde sus dominios.
En una de esas noches, en la casa de los Molina, la junta estaba particularmente animada. Los costillares eran enormes, la chicha fluía y las risotadas retumbaban. En medio de la partida, ya entrada la noche, llegó un forastero. Era un hombre alto, de rostro anguloso y vestido con un traje gris de corte perfecto, demasiado elegante para ese lugar olvidado por el mundo. Un sombrero fino cubría parte de sus ojos, que brillaban con una chispa divertida y traviesa. Se presentó con un nombre que nadie recordó después y, con modales pulidos, pidió unirse al juego.
Le dieron sitio. Y el forastero luego de entrar en confianza, beber y reir a carcajadas de las interminables anecdotas e historias contadas en la mesa, empezó a ganar. No ganaba por poco; arrasaba. Cada “cantada” era suya, cada envite lo levantaba él. Su risa, seca y metálica, resonaba cada vez que recogía las monedas. Los hombres, entre el asombro y el resentimiento que da el vino, empezaron a murmurar. “Tiene una suerte endiablada”, dijo uno. El forastero solo sonrió, mostrando unos dientes muy blancos y parejos.
Bajo la mesa, jugueteando con un trompo de madera, estaba el hijo menor de los Molina. Aburrido de los adultos, observaba el forestero de piernas largas. De pronto, algo llamó su atención. Por debajo del impecable pantalón gris, asomaba algo que se movía con lentitud sinuosa. No era la bastilla. Era una cola delgada, nerviosa, terminada en una punta fina como un látigo, que se deslizaba y se enrollaba en el travesaño de la mesa, como una serpiente inquieta. A la luz de las velas, parecía casi negra.
El corazón le dio un vuelco y golpeo con fuerza contra sus costillas. Todas las historías escuchadas, los aullidos de los perros, los remolinos maliciosos, le cruzaron la mente en un instante. Sin pensar, salió arrastrándose de bajo la mesa y, plantándose en medio de la sala, señaló al forastero con un dedo tembloroso y gritó con toda la fuerza de sus pulmones: “¡TIENE COLA! ¡EL SEÑOR TIENE COLA DE DIABLO!”.
El silencio fue instantáneo y glacial. La risa se congeló en los labios del forastero. Sus ojos, por un segundo, dejaron de ser humanos y brillaron con un fulgor rojizo, como basacde carbon expuestas al viento de un soplido. Luego, soltó una carcajada que ya no era seca, sino un estruendo que hizo vibrar las copas. “¡Caramba, niño curioso! ¡Me has pillado!”, exclamó, y de un salto se levantó, derribando la banca donde se encontraba sentado.
El caos estalló. Las mujeres gritaron, los hombres, sobresaltados y con el coraje prestado por el susto, agarraron lo primero que encontraron: tizones encendidos del fogón, el asador de hierro, palos de escoba y hasta la tranca de la puerta. El forastero, el diablo descubierto, se lanzó hacia la puerta abierta, pero en lugar de correr por el camino, tomó dirección al río, que bajaba crecido y rugiente esa noche. Los hombres salieron tras él, armados y vociferando, formando una turba torpe.
El diablo llegó a la orilla del torrente, volteó su cabeza una vez, y les lanzó una sonrisa burlona. Luego, agachándose como un felino, dio un salto imposible y llamas rojizas se desprendían de su espalda. No saltó al otro lado del río, que era ancho; saltó hacia arriba, en un arco desafiante que lo llevó a través del cajón, sobre los sauces llorones, y hasta la falda del cerro opuesto. Los hombres lo vieron, boquiabiertos, aterrizar de un solo pie, con una precisión sobrenatural, justo en la cima del gran peñasco. La fuerza del impacto, o quizás la naturaleza misma de quien lo ejecutó, dejó marcada a fuego y oscuridad la forma de su zapato en la roca sólida.
Una última carcajada, que ya no era un sonido sino un eco que se multiplicó entre las quebradas y volvió como el aullido de mil perros, resonó en el valle. Luego, solo quedó la oscuridad, el murmullo del río y, a la luz de las antorchas temblorosas, la pisada fresca y humeante en el peñasco, testigo eterno de su visita.
Por eso, decía mi abuelo, cuando las cosas salen mal de una manera retorcida, inexplicable o simplemente mala, la gente del valle suspira y dice: “Aquí metió la cola el diablo”. Y la pisada en el peñasco, aún hoy, se conserva. No como un monumento al miedo, sino como una muestra tangible de esa delgada línea que separa nuestro mundo humano, de lo increíble, lo mitológico y lo que se pasea en los remolinos de polvo, esperando que un niño curioso lo descubra.


Que entretenida e interesante la historia... o relato ...pero sabes me parece muy cierta ... ademas de haber escuchado relatos similares de amigos y justamente en momentos de tertulias en tiempos y lugares de veraneos a orillas de cerros.. rios comentan amigos situaciones muy similares ..y por que no creerles ....si no estamos solos ...siempre hay entes que nos acompañan algunos traen buenas vibras y otros nos avisan o nos dan señales qué algo se viene....y si hilamos más profundo coincide con acciones o vivencias personales...para pensar ....mw gusto tu historia...
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Algo se mueve entre dimensiones ,espera no al adulto que ya cerraron los ojos ,sino al niño curioso al inocente ,al que aún no aprendió a negar lo imposible ,la realidad no es un muro es un velo. un lindo relato.
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