LA POSADA DEL ENTIERRO
En los años en que el invierno no era una estación, sino un estado del alma, cuando el frío se colaba por las rendijas de las casas de madera y adobe, la única defensa era un brasero en el centro de la habitación. Un círculo de hierro o greda donde el carbón vegetal ardía con un rescoldo rojo y silencioso, proporcionando un ambiente mas cálido y acogedor. Ese carbón, negro y liviano, era más que mercancía; era calor tangible, supervivencia pura, y su viaje desde los hornos de tierra en los bosques cordilleranos hasta los hogares del pueblo, era una epopeya de rutina y sudor.
Era entonces cuando las caravanas de carretas emprendían su peregrinaje. Eran lentas procesiones de madera y esfuerzo, tiradas por bueyes, cuyos pasos pacientes marcaban el compás del tiempo antiguo. Los carretoneros, hombres curtidos por el viento y la soledad, guiaban sus pesados. Tras ellos, carretas cargados de sacos de carbón que crujían con un sonido de huesos secos. El viaje no era una simple ida y vuelta; era un ciclo vital de aislamiento y reabastecimiento.
La ruta era inmutable: dos días y medio de ida por senderos que serpenteaban por laderas, cruzaban quebradas secas y bajaban por lomas traicioneras. Un día completo en el pueblo para vender el carbón, trueque mediante, y comprar con las pocas monedas obtenidas los víveres que la montaña no daba: harina blanca, azúcar morena, velas de sebo, sal gruesa y, a veces, un paquete de café que perfumaría las madrugadas. Luego, otros dos días y medio de vuelta, cuesta arriba ahora, con las carretas más livianas pero el corazón más pesado por la añoranza del hogar.
Siete días fuera. Una semana en la que la familia quedaba a merced del viento y de la provisión. Una semana en la que el carretonero dormía a la intemperie, arropado con su poncho bajo la carreta, con el oído alerta al sonido de los bueyes rumiando y al ulular lejano de los chunchos.
Y en ese camino necesario, en un punto preciso donde el descenso se hacía más pronunciado antes de entrar al valle ancho del pueblo, existía una casa. No una casa cualquiera, sino una silueta que se recortaba contra el cielo poniente como un diente cariado. Una construcción de adobe descascarado y tejas desordenadas, con una esquina derrumbada por el abandono y las ventanas como cuencas vacías. Era la Casa del Camino, y sobre ella pesaba una maldición, una advertencia que todos conocían, más fuerte que cualquier necesidad física: "nadie, bajo ninguna circunstancia, se detenía allí a pasar la noche".
No importaba si la niebla bajaba espesa como leche cuajada, si la lluvia helada empapaba hasta los huesos, o si los bueyes resoplaban de cansancio. Los carretoneros preferían apretar el paso, buscar un recoveco entre las rocas, o incluso seguir avanzando a tientas en la oscuridad, antes que poner un pie en ese umbral. El frío del exterior era conocido; el de aquel interior, era un rumor. Se decía que las sombras allí tenían peso propio, que el viento no silbaba, sino que susurraba frases inconexas, y que cualquier fuego encendido bajo ese techo atraía no calor, sino una atención indeseable.
Era un lugar que la memoria colectiva había convertido en anatema. Un hueco en el paisaje que todos veían y todos evitaban, un recordatorio de que en los trayectos largos, entre el hogar y el mundo, existían grietas por donde podía filtrarse lo que no pertenecía a ninguno de los dos. Y así, la caravana pasaba de largo, dejando atrás la casa silenciosa, mientras el humo de los braseros que alimentarían esperaban, aún a días de distancia, en los sacos de carbón que crujían con el vaivén de las ruedas. El viaje continuaba, porque la vida, a pesar de los rumores y el miedo, también era un ciclo que no podía detenerse.
Entre los carboneros siempre iba Florencio, un hombre atrapado en una mente de niño, inocente, motivado y amable. Esa mañana, distraído por el parto de Floripa, su enorme chancha blanca, perdió la salida de la caravana. Confiado en que alcanzaría a los otros a mediodía, picana en mano, guio a sus bueyes fieles, Tormento y Talentoso, por el sendero.
Pero la caravana no aparecía. El cielo se ennegreció con una tormenta eléctrica sobre la cordillera. Una lluvia torrencial oscureció todo. En un descuido, una rueda de su carreta cayó en un hoyo oculto por el agua. Con esfuerzo, ayudado por sus bueyes y usando troncos y piedras, logró sacarla. Empapado y con poca visibilidad, divisó entonces la silueta de la casa abandonada. Ajeno a las historias de terror, vio en ella un refugio.
Libero del yugo a sus bueyes, encendió un fuego de carbón para secarse y hervir agua para preparar un café de quiquiriche. Puso a asar un trozo de carne mientras secaba su ropa empapada por la lluvia que lo sorprendio esa tarde. De pronto, la tormenta cesó y un cielo estrellado se abrió, como si todo hubiese sido orquestado para llevarlo allí.
Entonces, desde las vigas que soportaban el techo, una voz quejumbrosa comenzó a lamentarse: “Ya caigo…”. Florencio miró y no vio nada. La voz repitió: “Ya caigo”. Él salió de la casa con una vela, pero solo vio a sus bueyes, volvio a sentarse sobre un tronco junto al fuego. Cuando la voz dijo por tercera vez “Ya caigo”, Florencio, con inocente fastidio, respondió: “Cae si vas a caer”. Al instante, una pierna humana cayó desde arriba.
Florencio, en su condición, no se alteró. Dio vuelta su carne. La voz insistió: “Ya caigo”. “Cae todo si vas a caer, ya me aburriste”, dijo él, y cayeron brazos, tronco y cabeza, hasta que un cuerpo completo se integró y se sentó junto al fuego. Florencio le ofreció carne: “Come, hombre, estás flaco y ojeroso”. “No puedo”, dijo el espectro. “Con razón te caes a pedazos”, concluyó Florencio.
El hombre, pálido y triste, contó su pena: no había sido bueno, arrastró a su familia a la pobreza hasta que murieron de peste, mientras el acumulaba riquezas. Lleno de remordimiento y solo, se ahorcó en un gancho del peral junto a la loma cerca de la casa. Con los años, su cuerpo se desmembró. Allí mismo, bajo el árbol, había enterrado toda la fortuna que atesoró sin propósito. “Entierra mis huesos”, suplicó, “y te dejo las riquezas y esta propiedad. Solo así descansaré”.
Florencio accedió. Con una pala, que saco de su carreta, siguió al espectro hasta el peral. Cavó y encontró un entierro de monedas de plata y joyas. Reunió con cuidado cada hueso esparcido, los depositó en la fosa y puso una cruz de palo sin nombre. Una brisa cálida de alivio recorrió el lugar.
Al día siguiente, Florencio llegó al pueblo, regularizó la propiedad y, con la fortuna hallada, reconstruyó la vieja casa. Levantó paredes firmes de adobe, puso tejas coloradas, construyó un establo amplio y una gran chimenea. Así nació La Posada del Entierro, un lugar de descanso seguro en el camino, donde los viajeros encuentran comida caliente, un lecho limpio y una historia que contar.
Florencio, el hombre de corazón de niño, sirvió café y sonrió bajo el techo que había redimido una maldición. Y se dice que las noches allí son de un silencio profundo y pacífico, y que en el aroma del pan recién horneado, a veces, aún se siente el suspiro de gratitud de un alma que finalmente encontró paz.



Que bonito relato ,Florencio ,al no sentir miedo representa la capacidad de escuchar . sin condenar y no se queda con la riqueza solo para sí ,la usa para ayudar a quienes como él ,necesitan descanso en el camino .
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