EL PRECIO DEL NOMBRE PRONUNCIADO



En un tiempo en que los caminos eran senderos creados por el transitar de animales y los mapas se dibujaban en la memoria, un forastero llegó a la orilla del Río del Trueno, un titán de aguas oscuras y una furia imponente que partía la tierra en dos. De un lado, el valle verde que él pisaba; del otro, la sierra azul donde, decían, su destino le esperaba. Pero entre ambos, el abismo rugiente. Las aguas golpeaban los riscos con un estruendo que helaba la sangre, y los cerros que lo flanqueaban eran murallas de piedra lisa, imposibles de escalar. El hombre, desesperado, recorría la ribera una y otra vez, su esperanza desgastándose como la espuma contra las rocas.


El atardecer comenzaba a teñir de púrpura la cresta de las montañas cuando un sonido extraño cortó el rumor del torrente. No era el grito de un pájaro, ni el silbido del viento. Era como un susurro rasposo que venía de todas partes y de ninguna. Tuuue-tuuueeee… El forastero miró alrededor, viendo solo el vacío. Recordó entonces las historias que los viejos contaban junto al fuego en las posadas: historias del tuetue, el brujo-ave, un ser de conocimiento antiguo y poder sombrío que podía volar entre los reinos de lo visible y lo invisible, pero que siempre pedía un precio.


Con el corazón en la garganta, el forastero alzó la voz, gritándole al aire crepuscular: "¡Tú, espíritu del aire! ¡Tú que ves lo que los hombres no pueden! ¡Ven! ¡Ven a ayudarme a cruzar al otro lado! ¡Te lo suplico!"


El eco devolvió su súplica, mezclada con el burlón tuuue-tuuueeee… Luego, solo quedó el río. El hombre, convencido que su llamado había sido ignorado o que solo había sido víctima de su propia imaginación y el cansancio, se envolvió en su manta y se durmió contra un peñasco, vencido por la fatiga.


Al primer destello del amanecer, cuando la neblina se aferraba al agua como un fantasma, una figura se materializó junto a él. No era un animal, sino un hombre de aspecto harapiento, con un poncho desteñido por los soles y las lluvias, y un rostro anguloso en el que los ojos brillaban con una luz demasiado aguda, demasiado antigua. El forastero se despertó sobresaltado.


"Buen hombre," dijo el recién llegado, su voz era el susurro rasposo de la noche anterior. "Vengo a hacer lo que me pediste."


El forastero, confuso, con la mente aún nublada por el sueño y el desaliento, había olvidado por completo su súplica desesperada. Miró al hombre harapiento con recelo. "¿Pedirte? Yo no te he pedido nada."


El brujo sonrió, una línea fina y sin calidez. "A la orilla del río furioso, cuando el sol se ocultaba. Me llamaste. Dijiste: 'Ven a ayudarme a cruzar'. Y he venido."


La memoria golpeó al forastero como un relámpago. Un escalofrío le recorrió la espalda. No estaba hablando con un simple caminante. Asintió, lentamente, una mezcla de miedo y esperanza agitándose en su pecho. "Sí… sí, lo recuerdo. ¿Puedes ayudarme? ¿Hay un puente secreto o un vado por el cual pueda atravesar?"


"No hay puente que resista esta furia, ni vado que no trague hombres," dijo el brujo. "Pero yo te llevaré. Aunque hay una condición. Mientras volamos, tu mente y tu lengua deben estar vacías de un nombre. No debes acordarte, ni nombrar, ni invocar a Dios. Por un instante, debes olvidar que existe. Si tu pensamiento o tu palabra Lo traen a este viaje, el acuerdo se rompe. ¿Aceptas?"


El forastero, con los ojos puestos en la sierra inalcanzable, asintió con vehemencia. "¡Acepto! Lo que sea con tal de cruzar."


El hombre harapiento asintió. Se nos tiene prohibido hacer un cruce de aguas corrientes, pero te acercaré a la otra orilla y podrás saltar a salvo. Mientras, compárteme un poco de tu pan y tu comida. Esperaremos la puesta de sol, y entonces podré hacer cosas que en este cuerpo humano no puedo.


Compartieron la comida. El forastero sazonó un conejo que había cazado el día anterior, y lo asaron en un palo sobre las brasas. El hombre comía con lentitud ritual, masticando cada bocado como si extrajera de él algo más que nutrientes. Hablaron muy poco. 


Al caer la tarde, cuando las sombras se alargaban como dedos oscuros buscando la última luz del día, el brujo extendió sus brazos. Su forma comenzó a desdibujarse, a hacerse menos sólida, como si estuviera compuesto de humo. Tomó al forastero por los hombros. Sus dedos eran fríos, un frío que atravesaba la ropa y se clavaba en los huesos.


Sus pies se despegaron del suelo. No hubo un aleteo poderoso, sino un sonido de viento cortado, seco, y una sensación de frío intenso que chocaba en su rostro. Ascendieron sobre el cañón, y el río, visto desde arriba, era una serpiente negra y enloquecida retorciéndose entre las heridas de la tierra.


El vuelo era silencioso y veloz, pero inquietantemente inestable. El forastero sentía que no era llevado por alas, sino suspendido por un hilo de voluntad antinatural. El viento aullaba a su alrededor, y la inmensidad del abismo se abría bajo sus pies. Por un momento, el miedo lo paralizó, y mantuvo la mente en blanco, aferrado solo a la sensación del agarre gélido en sus hombros.


Pero luego, al pasar justo sobre el corazón del torrente, donde las aguas chocaban con un rugido que parecía querer alcanzar el cielo, una ola monstruosa se levantó, estrellándose contra un risco con la fuerza de un trueno. La espuma salpicó tan alto que el forastero sintió la humedad en su rostro. Fue un espectáculo de poder tan primitivo, tan sobrecogedor, que su corazón se encogió de puro terror y asombro.


Y en ese instante, todo su condicionamiento, toda la costumbre grabada en lo más hondo de su ser, brotó sin permiso de su razón. El miedo, la maravilla y la impotencia se fundieron en una exclamación que fue un grito del alma: "¡DIOS MIO!"


La palabra, pronunciada con toda la fuerza de su pánico, cortó el aire como un cuchillo de plata.


El efecto fue instantáneo. El frío agarre en sus hombros se desvaneció como humo. La fuerza que lo sustentaba se esfumó. El grito aún resonaba en el cañón cuando el hombre sintió el vacío absoluto tragárselo. Ya no volaba. Caía. Una caída silenciosa y brutal hacia las fauces espumosas del Río del Trueno. Vio, en una fracción de segundo, cómo la figura harapienta del tuetue, ahora solo una silueta de desprecio contra el cielo nocturno, se disolvía en el aire con un último y lejano tuuue… de amargo triunfo.


El río, indiferente a las súplicas y a los pactos rotos, lo recibió sin ceremonia. Y se dice que desde entonces, cuando el viento baja furioso por los cañones y se enreda en los riscos, a veces lleva ese susurro rasposo, recordando a los viajeros que algunos acuerdos con lo antiguo exigen un silencio más profundo que el miedo, y que hay nombres que, pronunciados en el momento equivocado, pueden soltar el último hilo que nos sostiene.



Guido Berly
Relato recogido al calor de un fogón.

Comentarios

  1. Yo creo que un viajero debe saber que no todo lo sagrado salva ,no todo lo antiguo miente, y el silencio aveces es la única forma de llegar al otro lado. me encanto el relato

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